Señora Ana

Esa temporada que pasé cuidando a la señora Ana, fue el trabajo mejor pagado que he tenido…

La pobre anciana estaba ya muy enferma. Era una mujer menuda, consumida por los años, que se limitaba a esperar paciente a que llegase su hora. No protestaba al asearla, apenas comía, y su única diversión consistía en que la sentase frente a la ventana al atardecer. Prefería eso a cualquier programa de televisión ¡Un cielo de mujer! De su boca no salía una palabra más alta que otra, y aunque nunca se acordase de mi nombre, siempre se dirigía a mí con una sonrisa en los labios.

Lamentablemente mis servicios en aquella casa no fueron necesarios mucho tiempo, por experiencia sabía que un verano tan caluroso como el que estábamos teniendo se lleva consigo a muchas almas como mi señora Ana, y no me equivocaba.

Un viernes, al abrir la puerta principal, no escuché su vocecilla preguntando como todos los días quién era. Así que mientras la buscaba por las habitaciones, sabía que había llegado el final de su larga vida.

Su hijo me dio las gracias al terminar el entierro, pero antes de marcharme por donde había venido, le pedí poder sentarme en aquél sillón donde siempre reposaba su madre. Pensé que aquél gesto sería la mejor manera de despedirla…

Miré por la ventana, como ella había hecho tantas veces. Era aquél un paisaje anodino, de casas de  ladrillo y tejados grisáceos:

-¡Ojalá le hubiese podido ofrecer una estampa mejor!- pensé. Ya me iba a levantar, cuando de pronto vi algo totalmente inesperado: frente al edificio de la señora Ana había una estación de bomberos, dando su ventana justamente a la de los vestuarios de aquellos chicos. Como todas las ventanas estaban abiertas, y las luces encendidas, al caer el sol se podía ver perfectamente lo que estaba sucediendo en el interior de aquella sala ¡por eso siempre me pedía que apagara las luces! Para seguir espiándolos sin ser descubierta.

– ¡Vaya, vaya con la señora Ana!- después de todo, sí que se fue contenta de aquí.

 

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