A UN TWEET DE TI

Hacer el cierre del mes suponía estar todo el día delante del ordenador, incluida la hora de comer. Entre extras e imprevistos, esta semana debía de haber hecho como sesenta horas, y no exagero. Con razón me decía mi madre si iba a heredar la empresa, porque nunca me encontraba en casa.

—Que venga ya, por favor…

Estaba esperando el Cercanías mientras sentía como las fuerzas me abandonaban poco a poco. Pero no las fuerzas para levantarme, o para respirar, sino para seguir con esta farsa de vida. Estaba harta de la soledad, de hacer siempre lo mismo. Había perdido la ilusión, ¡si es que alguna vez había estado ilusionada! Me daba rabia que, sin cumplir todavía los treinta, ya estuviese aburrida de todo.

Ahora solo quería llegar a casa para darme una ducha, comer algo y quedarme dormida mientras seguía leyendo. Leer, leer, leer. Aquello era lo único que me llenaba. Me había vuelto a enganchar a la última novela de Alice Kellen, y cada segundo que tenía libre me dedicaba a sacar el libro electrónico y leer un rato.

Fue por culpa de ese libro que casi se me pasa de largo mi parada. Me di cuenta de casualidad. Una mujer me golpeó con su bolsa en el brazo, y entonces levanté la vista:

—¡Joder!

Yo no soy de decir palabrotas, pero esa me salió del alma. Estaba a punto de ponerse en marcha de nuevo cuando pegué un salto para salir del vagón. Como toda una acróbata, conseguí conservar el equilibrio y no caer al suelo después de aquel brinco, pero justo en el momento en el que el tren comenzaba a moverse a mis espaldas, me di cuenta de que se me había olvidado el libro electrónico.

—¡No! —exclamé girándome en redondo.

Entonces lo vi.

Era el mismo chico que había estado sentado a mi lado durante todo el trayecto hasta mi casa. Lo había observado en un par de ocasiones porque llevaba algo en su mochila que olía muy bien, tanto que hasta estuve tentada a decírselo, pero no lo hice. Aunque sí me di cuenta de que vestía una chaqueta de cuero, la misma que llevaba ahora, y en su mano estaba mi libro. Se había levantado del asiento para dármelo, pero él tampoco había llegado a tiempo. Así que nos quedamos mirándonos, atontados, uno a cada lado del tren mientras éste se alejaba.

Me quedé unos segundos más en el andén, mientras todo el mundo se metía en la estación, pensando qué hacer. Era el último tren del día, y la siguiente parada estaba a más de cincuenta kilómetros. Aunque llegase allí, ¿qué iba a hacer? ¿Buscar a ese chico por todo el pueblo? Lo único que sabía de él era que escuchaba música en su móvil y llevaba una chaqueta de cuero que le sentaba de vicio. Nada más.

Me imaginé que él estaría pensando en lo mismo mientras volvía a sentarse junto a la ventana. Lo había visto en sus ojos, que eran… ¿marrones?, ¿azules?, ¿negros? Ni por un momento había pensado en quedárselo o venderlo en, por ejemplo, Wallapop. Pretendía devolvérmelo desde el principio.

Cuando me metí en la cama, caí en la cuenta de que me había quedado sin saber cómo terminaría la trama de aquella novela que estaba leyendo. ¿Y ahora cómo iba yo a conciliar el sueño sin mi par de horitas de lectura? Desde que me había independizado, todos mis libros estaban en formato electrónico. Así fue como decidí coger el móvil y empezar a escribir un hilo por Twitter para pasar el rato. En él explicaba con todo lujo de detalles lo que me había sucedido. Pedía que si alguien conocía a ese chico de la cazadora, que, por favor, le dijesen que se pusiera en contacto conmigo.

A la mañana siguiente, #ElLadrónDeLibros con el que yo misma había bautizado a mi desconocido, se habían convertido en trending topic.  Mi estúpido hilo no solo había sido retwitteado, también había recibido más de trescientos me gusta y comentado una veintena de veces. Incluso algún famoso escritor se había hecho eco de él.

—¿Quééé? —aluciné.

Al parecer, no era la primera a la que le pasaba algo así, y solidarizándose conmigo, la gente había compartido mi hilo para dar difusión al problema. Me pasé todo el camino de ida al trabajo leyendo los comentarios de la gente, y algún que otro mensaje privado bastante subidito de tono que me hizo arrepentirme de inmediato por lo que había hecho.

Por un lado esperaba que ese chico no llegase nunca a leer mi mensaje. Me había venido arriba escribiendo, y había dicho que se parecía a John Nieve solo para dar énfasis al asunto. Por otro lado, y quizá con la esperanza alimentada por las miles de novelas románticas que había leído, deseaba que sí lo hiciera y se pusiera en contacto conmigo.

Dos días más tarde, dando ya el libro por perdido, y tomando aquello como una anécdota más en mi vida, me llegó un nuevo mensaje:

«Hola, fanática de Alice Kellen».

Aquel era un dato que no había aportado a mi historia, pero que si tenías el libro, podías saber perfectamente después de ver que casi todas las novelas de la biblioteca eran de ella.

—Hola, ladrón de libros —contesté tras comprobar que en su foto de perfil estaba mi libro. ¡Mi libro!.

—No soy ningún ladrón, te lo dejaste olvidado. Además, me gusta más eso de que me parezco a John Nieve.

Aquello me hizo sonreír, y escribí mordaz:

—Más quisieras.

—Es lo que has escrito tú, no yo.

Estaba segura de que estaba en el tren, puede que mirándome mientras escribía, como pasaba en las películas americanas, pero me equivoqué por completo. Tanto que casi me pongo a llorar. Mikel, que así se llamaba mi John Nieve particular, estaba en Alemania. Había firmado un contrato para un proyecto de I+D con una empresa automovilística, y no pensaba volver a España en mucho tiempo.

—Cuando me viste venía de despedir a mi abuela, que me obligó a llevarme como veinte kilos de rosquillas fritas en la mochila, ¿no las olías? Yo estuve a punto de invitarte.

No sabía si reír o llorar después de esa confesión. Parecía un chico estupendo, pero estaba a miles de kilómetros de aquí. ¿Era el karma o era yo? Mikel se ofreció a devolverme el libro pagando él los gastos de envío, algo a lo que intenté oponerme, pero que acepté sin remedio cuando me dijo el coste de enviar un paquete por Europa.

—No quiero que me sigas llamando ladrón de libros, prefiero lo de John Nieve.

Pensé que así habría terminado nuestra relación, ¿de qué podríamos hablar después de aquello? No teníamos más excusas. Pero Mikel consiguió inventárselas. Al día siguiente, y al otro. Y al otro. Casi a diario recibía algún mensaje suyo. Primero, para saber mi dirección. Después, para preguntar si había llegado ya el libro. Más tarde, para criticar mis gustos por las novelas rosas.

—No son rosas.

—Lo que tú digas.

Extraño era el día en el que no nos decíamos algo. Lo que fuera. Al principio fueron cosas como que hacía mucho frío allí en invierno, o lo que se echa de menos la comida de casa. Pero poco a poco fuimos sincerándonos. Él había aceptado ese trabajo para poner tierra de por medio después de una ruptura dolorosa, y aunque al principio estuvo muy seguro de hacerlo, ahora empezaba a echar mucho de menos su casa y sus amigos. Yo le hablé sobre mi mala estrella: mi novio había estado engañándome con mi mejor amiga durante casi dos años, así que ahora estaba sola, viviendo en un piso diminuto que se suponía iba a ser nuestro nidito de amor.

—¡Qué putada!

—Ya te digo…

—Bueno, en realidad no lo lamento en absoluto.

—Serás cabrón —escribí. Aunque después caí en la cuenta. Con Mikel había que leer entre líneas. No era de halagar de forma gratuita, pero cada vez más dejaba caer cosas así en nuestras conversaciones.

Durante casi un año fuimos nuestro mejor pasatiempo. Nos buscábamos en seguida para contarnos las buenas noticias, y nos utilizábamos como pañuelo de lágrimas cuando nos pasaba algo.

Me encantaría que te tomaras unos días libres y vinieras a verme… —pensé una tarde, y cuando lo leí en la pantalla de mi móvil caí en la cuenta de que se lo había enviado.

«La he cagado», pensé. Sin embargo, él no dijo nada. Y aliviada me fui a dormir pensando que no lo habría tenido en cuenta.

36 horas más tarde, estaba esperando en el portal de mi casa:

—Hola —dije sin poder creérmelo—, ¿qué haces aquí?

—Vaya, no esperaba que me dijeras eso. —Se le veía bastante nervioso, así que dejé que siguiera hablando—. Pensaba que te me echarías a los brazos, pero ya veo que no va a ser así.

—¿Por qué iba a hacer yo eso? —pregunté bromeando, aunque Mikel no estaba para muchas bromas.

—Verás, he estado ensayando lo que quería decirte durante todo el vuelo, pero lo acabo de olvidar. ¡Eres mucho más guapa de lo que recordaba! —murmuró entre dientes, para que yo no le oyera, incluso bajando la vista al suelo.

—Gracias —contesté para que supiera que lo había escuchado, haciendo que por fin sonriera a pesar de todo—. ¿Y qué era eso que querías decirme?

—Pues… —inspiró, espiró, y a mí me desesperó. No tenía ni idea de lo que iba a decirme. ¿Había cogido un vuelo a España solo para hablar conmigo? Esperaba que no, ¿o sí? En cierto modo, me gustaba que fuera así, porque eso era lo que sucedía en las novelas que yo no paraba de leer. Pero ahora que me estaba sucediendo a mí estaba un poco acojonada, ¿de qué iba este chico? ¿Era un loco desesperado? ¿O la loca era yo por desconfiar tanto de él? No sabía qué pensar, la verdad, y a juzgar por lo que le estaba costando, fuera lo que fuese que tuviera que decirme, debía ser importante, pero jamás lo habría podido imaginar.

—¿Sí? —pregunté para animarlo a seguir hablando, aunque lo único que conseguí fue distraerlo aún más, porque me miró a los ojos y yo supe por fin de qué color eran los suyos.

—Te juro que en el avión todo me salía de maravilla.

—Mikel, habla ya, porque me estás asustando —forcé un poco la situación, alzando la voz y fingiendo estar asustada de verdad. Aunque quizás no lo fingía tanto como yo pensaba.

—Ya sé que es una locura, que nunca hemos hablado sobre este tema, pero lo he pensado mucho. Mira, yo ya lo he pasado muy mal una vez, y no quiero volver a cometer el mismo error. Llevo meses sintiendo algo por ti, y aunque consigues disimularlo muy bien, creo que tú también sientes algo parecido. Así que, si no me equivoco, si no estoy haciendo el gilipollas por haber venido hasta aquí con un vuelo el triple de caro de lo que pagué por el de ida, me gustaría empezar a salir contigo. No te rías, lo digo en serio. Quiero algo formal, porque ninguno de los dos somos unos críos. Pero no quiero tener una relación a distancia. Me pareces una chica muy inteligente, además de una lectora empedernida, y me parto de risa con tus chistes. Pero lo que me ha decidido a lanzarte mi propuesta fue saber que no lo estabas pasando demasiado bien en el trabajo, y que estuvieras viviendo aquí sola, cuando yo no hacía otra cosa que desear que estuvieras conmigo.

—¿Qué?

—Espera, aún no he terminado. Sé que vas a odiarme por ello, pero me tomé la libertad de copiar tu currículo de Linkedin, y ya tienes un par de entrevistas. Serán en inglés, lo siento, pero he visto tus notas y sé que no tendrás problemas. Eres una chica lista, eso lo supe desde el primer día que te vi, pero lo que aún no sé es si también eres una chica atrevida ¿Qué me dices? ¿Te vienes conmigo a Alemania?

 

 

 

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3 comentarios sobre “A UN TWEET DE TI

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    1. Alice Kellen es una de mis escritoras favoritas. Muchísimas gracias por pasarte por aquí y comentar, me hace mucha ilusión. Yo creo que, si de verdad lo estuviese pasando mal y me surgiera esta posibilidad, a lo mejor consideraba el irme a Alemania. Aunque fuera solo por hacer la entrevista y probar suerte. Por otro lado, creo que Mikel se precipitó un poco, pero quizá así es más romántico. ¿No?

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