DON´T STOP ME NOW

Una de las cosas que más me gusta del Club Cyrano es que son mi excusa perfecta para  salir un rato de la trama intensa en la estoy metida durante más de un año y escribir algo totalmente loco e irrisorio.

El mes pasado el reto era que el texto comenzase con una llamada, algo muy sencillo  pero que podía dar pie a miles de historias diferentes. Yo les dije que iba a escribir algo de miedo, pues es un género que me gusta mucho que he ido dejando de lado, aunque después me salió algo totalmente diferente (toda la culpa la tiene Chris Evans,  lo admito… ).

Espero que disfrutéis mi relato de este mes, aunque no sea de miedo. ¡Ah! Por cierto, la banda sonora la eligió mi hija. Ella sí que sabe.

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Sonó el teléfono de casa y ni putas ganas tenía de cogerlo, así que lo dejé sonar mientras me terminaba mi bol de cereales. Me encantan los Cheerios de colores, y por nada del mundo iba a dejarlos para atender una estúpida llamada de la compañía telefónica, porque ellos eran los únicos que llamaban a ese número. Ya ni siquiera mi madre lo hacía. Seguro que querían venderme algún tipo de contrato-estafa, y lo último que necesitaba yo ahora era tener que aguantar su monólogo plagado de mentiras. Ya iba a levantarme para decirle al comercial alguna bordería, cuando dejó de sonar:

—Vaya…

Toda la casa pareció llenarse de aquel silencio que agradecí al instante. «Mucho mejor, no me quería poner de mal humor ya de buena mañana», pensé mientras dejaba el bol en el fregadero, aunque lo cierto es que me tuve que tragar las ganas de cantarle las cuarenta a alguien.

De pronto, del grifo de la cocina empezó a salir agua, llenándose por completo el bol que había dejado hacía unos segundos. Muy extrañada me giré en redondo para cerrarlo de inmediato. Y cuando lo hice, moví de nuevo el monomando varias veces para comprobar que no se había estropeado.

—Qué extraño… —murmuré.

Me quedaban cinco minutos para coger el tranvía que me llevaría hasta el laboratorio, tiempo justo para cepillarme los dientes y ponerme las botas, no podía pararme a comprobar estas tonterías. Ya estaba abriendo la puerta del armario zapatero cuando de nuevo sonó el teléfono:

—¡No me lo puedo creer…! —maldecí entre dientes mientras avanzaba por el pasillo para levantar el auricular.

«¡Se iba a enterar ese tipo!»

Incluso cogí aire antes de enfrentarme a la lucha por recuperar una tranquilidad que ya había perdido:

—¡¿Sabes qué hora es? ¿Tú crees que estas son horas de venderle algo a alguien?! —chillé como una energúmena, casi comiéndome el teléfono.

—Hola Sara —dijeron al otro lado, y todo mi cuerpo reaccionó al instante ante aquella voz masculina. Me quedé sin palabras durante un segundo, el tiempo que tardé en imaginar el rostro del que había sido mi compañero durante casi un año.

—¿Max? ¿Eres tú? —Max había desaparecido de mi vida hacía cosa de un par de semanas. Un día, de repente, no vino al trabajo. Dijeron que le había enviado un correo al jefe diciéndole que lo dejaba, que no podía soportar más la presión, que todo este proyecto le venía demasiado grande. Pero a mí todo eso siempre me pareció una excusa muy falsa. No sé, si de verdad pensaba hacer algo así, ¿por qué nunca me había hablado de cómo se encontraba? Pensaba que éramos amigos. Bueno, incluso algo más que eso. Pero como ni siquiera contestó a mis mensajes, creía que, en eso, también me había equivocado.

—Sara, estoy en un gran aprieto —escuché al otro lado. Por el tono de su voz, aquello no era ninguna broma.

—Por favor, dime, ¿qué te ha pasado? ¿Dónde te has metido?

—Eso ya no importa. Tienes que ayudarme, necesito que me escuches con mucha atención. Sara, he cometido el mayor error de mi vida, y no sé si habrá algún modo de solucionarlo.

—¡Por Dios, Max! ¿Qué has hecho? ¡Dímelo, me estás asustando!

—Sara, ya no podía esperar más. Llevábamos meses esperando a que nos dieran esos permisos, y yo estaba completamente seguro de que nuestro proyecto iba a ser un éxito. Así que decidí utilizarme como conejillo de indias e inyecté en mi cuerpo el suero.

—¿Qué has hecho qué? ¿Pero te has vuelto loco? Max, tú sabes tan bien como yo que esa sustancia es aún muy inestable. Todavía teníamos que hacerle un millón de pruebas, ¡ni siquiera lo habíamos probado en mamíferos!

—Pues ya no hace falta…

Pensé que la comunicación se había cortado, no oía nada desde el otro lado de la línea. Ya iba a llamar desde el móvil a su número, cuando de repente apareció ante mí. Primero como si fuera una nebulosa, y más tarde condensando su imagen hasta obtener un ser de carne y hueso.

—Max… ¡tu cuerpo! —delante de mis ojos se había materializado como si de un fantasma se tratase. Ahora estaba ante mí, sonriente y desnudo, como si no pasara nada— pero, pero… ¿cuánto tiempo hace que estás aquí?

—El suficiente como para saber que sigues sin utilizar mi lado de la cama —dijo volviendo a desaparecer, pero antes de que se esfumara, intenté atraparlo sin éxito mezclándose esa especie de niebla corpórea entre mis dedos.

—¡Eh, nena! No hagas eso que duele.

—¿En serio? —pregunté preocupada mirando al techo, por donde creí que había oído su voz. Pero su risa de niño travieso me sorprendió justo detrás de mí.

—Entonces, si estabas aquí… ¿cómo has podido llamar al teléfono?

Max no respondió, en su lugar el teléfono de casa volvió a sonar, pero al segundo también mi móvil. Se encendió la tele, la cadena de música despertó de repente con el estribillo del Don’t stop me now de Queen, y la batidora se puso a girar sola hasta que grité enloquecida.

—Para, para. ¡Basta, Max, esto no es gracioso! —y al instante todos los electrodomésticos dejaron de funcionar—. ¿Sabes lo que significa esto? No sabemos hasta qué punto tu metabolismo va a poder soportar todos estos cambios. Tienes que venir al laboratorio conmigo, tengo que hacerte pruebas. Puede que, que… —no pude seguir hablando, sin duda era su brazo el que rodeaba mi cintura y me estaba elevando poco a poco— ¡Joder! ¿Pero es que también vuelas? —tuve que preguntar atónita cuando ya casi tocaba el techo.

—¿Quieres saber todo lo que soy capaz de hacer? —preguntó acercando sus labios a mi oído, y supe que estaba sonriendo aunque no pudiera verle.

 

Chris-Evans-Esquire-3

 

 

 

 

 

 

 

 

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