UNA HISTORIA A TRAZOS

Se cumplían años de la muerte del gran historietista español Sergio Martínez Vega que llegó a ser, entre otras cosas, dibujante titular del Justice Society of America. Todos los ilustradores del país se pusieron de acuerdo en darle un merecido homenaje ya que, gracias a él, muchas editoriales importantes como DC o Marvel se dieron cuenta de que los españoles no solo éramos buenos jugando al tenis o en las carreras de motos.

La idea que empezaron a desarrollar al principio me pareció un tanto descabellada, y precisamente por eso, a todo el gremio le gustó. Sergio había sido un innovador, uno de los primeros en utilizar el ordenador para dar color y añadir texturas en 3D a sus personajes, así que cualquier cosa que se hiciera en su nombre debía salirse de los cánones.

—Te ha tocado dibujar con Carlos Fuentes —me dijo Marta con una pícara sonrisa en los labios. La directora de Fantagraphics Books había sido la primera persona en fijarse en mi fanzine autoeditado, y gracias a ella me dieron el empujoncito (o más bien, chupinazo) a este maravilloso mundo de la ilustración.

—No puede ser. Eso es… ¡eso es imposible!

Marta y yo nos habíamos hecho amigas tras varias colaboraciones, por eso jamás sospeché que fuera a darme semejante noticia cuando me llamó para tomar algo por el centro. Ahora mismo Carlos Fuentes era un Dios para los dibujantes anónimos como yo. Un fuera de serie que lo había conseguido todo a nivel internacional y que no haría nada más que perder el tiempo trabajando conmigo.

—Gloria, créetelo —dijo mostrándome el listado de los ilustradores que habían seleccionado para trabajar en parejas y desarrollar una historia donde apareciese, al menos, uno de los personajes de Sergio.

Mis ojos fueron a la pantalla de su móvil para confirmar lo que decía. Aún recordaba cuando fui al Comic-Con de hacía tres años y lo vi después de hacer una cola interminable. Entonces no me salió la voz cuando me puse frente a él, y sin embargo, me firmó entre risas una camiseta con su dibujo serigrafiado por mí misma. (Camiseta que se convirtió de inmediato en mi amuleto de la buena suerte).

—Pero Marta, ahora yo soy una mangaka especialista en yaoi. ¿Qué puedo tener en común con Carlos Fuentes? Nuestros estilos son completamente diferentes, por no hablar de su calidad. Debe haber sido un error.

—Pues a mí me huele que esto no es producto del azar.

—¿Qué quieres decir? —pregunté desconcertada.

—Apuesto toda mi colección de doramas a que han dejado que Carlos decida con quien quiere trabajar. Después de todo, la idea de colaborar con otros dibujantes para este proyecto salió de él, como la de utilizar técnicas tradicionales y evitar en todo lo posible el uso del ordenador o la tablet.

—¡Oh, Dios mío! —exclamé callando a mi amiga después de comprobar los primeros efectos de aquella noticia. No solo tenía más de cincuenta felicitaciones de compañeros de la profesión, también había un mensaje directo de Carlos a través de Twitter:

Hola Gloria, soy Carlos. No sé si lo sabes, pero nos ha tocado trabajar juntos en el homenaje que vamos a dedicar al tuerto (así lo llamábamos cariñosamente en el estudio por su estrabismo). Te espero mañana en…

No me lo podía creer, el propio Carlos se había puesto en contacto conmigo. Fue solo entonces cuando me di cuenta de que era real. Que no había error posible. Mañana, a esa misma hora, estaría delante de todo un icono de la profesión. Mi ídolo. Y solo esperaba que en esta ocasión si me salieran las palabras de la boca.

 

 

Lo primero que me chocó de aquella primera entrevista fue que me dio la dirección de su casa. SU CASA. Estaba hecha un flan cuando abrió la puerta, pero su imagen descuidada y… ¿desvalida? Me hicieron despertar de esa especie de sueño de adolescente flipada en el que me encontraba y la idea de que Carlos era un ser humano como todos se hizo tan evidente que llegó a preocuparme. Solté todo el aire que contenían mis pulmones. Dios, sabía que había pasado el tiempo, pero parecía mucho más mayor que cuando lo vi en San Diego. Quizá fuera por esa barba, esas ojeras o el pelo desordenado tapándole parte de la frente. Me sonrió sin esfuerzo mientras pronunciaba mi nombre, y a pesar de que parecía un enfermo de tuberculosis en sus últimos días de vida, su estilo aleonado me gustó desde el principio.

—¿Te encuentras bien? —la pregunta llegó a mis labios sin poder evitarla.

Carlos no le dio ninguna importancia a su aspecto, y se disculpó por el desorden diciendo que acababa de mudarse, y eso parecía por las montañas de cajas que se veían por todas partes. Llevaba más de siete años viviendo en América, pero había decidido volver para estar más cerca de su madre, que ya le había dado un par de sustos gordos estando fuera. Me contó eso como si fuera una amiga de toda la vida, sentándome en una cocina casi vacía, donde parecía haber colocado la Nespresso adrede solo para ese primer café que nos tomamos juntos.

—Antes de empezar, me gustaría preguntarte algo que me tiene intrigado —Carlos había monopolizado la conversación. Yo me sentía cohibida por todo lo que estaba pasando, y aunque una parte de mí pretendía normalizar la situación, la otra estaba a punto del colapso por estar bebiendo en la taza de ese puto crack del dibujo—. ¿Por qué te pasaste al manga? He estado viendo todos tus dibujos y tu estilo era muy bueno. No tenías ninguna necesidad de irte a algo tan distinto de lo que estabas haciendo y empezar de cero otra vez. Fue como un paso atrás, ¿por qué?

Que alguien como él se hubiese interesado por mi trayectoria me tendría que haber abrumado, pero lo cierto es que no lo hizo. No lo entendí. Quiero decir, que pensé que estaba menospreciando mi trabajo. Me había costado mucho tomar aquella decisión. El dibujo japonés me había abierto las puertas a oportunidades reales de publicación que antes habrían sido solo sueños de una ilustradora frustrada, por eso le contesté con brusquedad:

—Necesitaba dibujar algo más maduro. Contar historias de verdad, con sentimientos.

Carlos me miró con fijeza. Sus ojos verdes parecían haber cobrado un brillo distinto después de aquella dura respuesta, oscureciéndose y mostrándome un rostro mucho más serio que al principio. Entonces pensé que me iba a decir que sus dibujos estaban repletos de sentimientos (algo que yo ya sabía), pero solo sonrió con cierta tristeza y dio por terminada aquella charla de presentación.

Me arrepentí al instante, y pensé en pedirle perdón, pero terminé chasqueando la lengua con fastidio. Por eso cuando Carlos me sugirió que sería mejor hacer el primer borrador juntos desde el principio, no pude negarme.

—Vale —respondí anonadada.

Se me hizo raro trabajar en el estudio de otra persona. No era mi habitación, ni mis lápices o mi mesa. No tenía a mi gato ronroneándome para que le pusiera de comer cuando a mí se me iba el santo al cielo, o podía gritar palabrotas hasta desgañitarme cuando no me salía algo. Puede parecer algo estúpido, pero me habría sentido más cómoda si hubiese hecho aquella primera entrevista en bolas que trabajar junto a él. Desde el principio su presencia me imponía tanto que me costaba pensar, algo que desde luego a él no le ocurría, porque en cuanto se ponía a dibujar es como si yo no existiera. De hecho, a veces me quedaba embobada viéndolo. Carlos había dispuesto nuestras mesas una a continuación de la otra, y tenerlo tan cerca que casi le podía oír respirar, digamos que me distraía mucho. Demasiado.

Sus trazos seguros, la rapidez en la que daba las sombras para cambiar el gesto de un personaje. Habría pagado por estar ahí y todavía me parecía increíble que fuera al revés. ¡Sus manos hacían magia sobre el papel! A veces tenía que decirme a mí misma que cerrara la boca porque se me iba a caer la baba, por no hablar de que apenas avanzaba con el trabajo. Pero es que él era el primer artista que conocía, quiero decir, el primer artista de verdad. Para mí era como tener a tan solo un par de metros al mismísimo Picasso esbozando el Guernica y preguntándome qué me parecía como si no fuera ya una puñetera obra de arte.

Estaba dándole color a esa superheroína de pechos marcados, y yo vi algo tan erótico en esos movimientos, que dejé escapar un pequeño gemido de placer. Su pincel pasaba con lentitud por los senos de la chica, acariciándolos con deleite con ese penacho de fibras que habían pasado antes por su boca, una manía que había visto antes en más de un dibujante.

—¡Despierta! No pienso hacer tu trabajo —terminó diciéndome antes de que mi estado de catarsis empezase a resultarle incómodo.

Parpadeé avergonzada. «¿Pero en qué estaba pensando?». Debía empezar a trabajar en serio. Apenas había variado nada el storyboard que había creado Carlos con su guionista, se puede decir que me habían dejado muy marcado el trabajo que debía hacer, pero por algún motivo me estaba costando la vida aplicarme. Seguía sin saber muy bien qué hacía yo allí, y sin embargo, él parecía contento con el resultado que en mi caso era inapreciable…

 

 

A Carlos lo llamaban varias veces al día. Me gustaba oírlo hablar en inglés con una facilidad pasmosa, o canturreando el estribillo de Careless Whisper que se sabía a la perfección mientras coloreaba. Creo que ni siquiera se daba cuenta de que lo hacía, pero me gustaba verlo así, porque se le veía feliz. Seguía con ese aspecto de enfermo de tuberculosis agonizante, pero al dibujar todo ese look bohemio que lo envolvía llegaba a seducirme aún más. Inexplicable.

Cuando sonaba el teléfono y preguntaban por su madre, solía irme al baño para darle un poco de intimidad. Aunque él no parecía necesitarla, yo no me sentía cómoda escuchando cosas sobre la salud de esa pobre mujer.

Ese día, sin embargo, no abrí la segunda puerta a la izquierda como ya me había aprendido. Sin querer, o puede que queriendo, entré en un cuarto que seguiría estando vacío de no ser por una pila de cajas. La verdad es que no era una casa muy grande, y la única habitación que parecía tener vida allí era el estudio donde trabajábamos.

Mi primer impulso fue salir de allí pitando, pero después, la posibilidad de saber algo más sobre el gran Carlos Fuentes hizo que no despegase los pies del suelo. Abrí una de las cajas al azar, no sé qué esperaba encontrar, pero la casualidad quiso que diera con ella. Era la fotografía de una joven muy guapa, más o menos de mi edad, con el pelo oscuro y ondulado que recordaba sutilmente a la protagonista que Carlos y yo estábamos dibujando.

«San Francisco, 2014». Leí al dorso.

—¿Gloria? —Me asusté tanto al escuchar su voz, que dejé la foto donde la había encontrado y me fui de allí sin cerrar la caja. Suspiré aliviada cuando me encontró en el pasillo.

—¿Estás bien? —preguntó con un tono de inquietud, y sus ojos verdes volvieron a taladrarme. Parecía nervioso de verdad al verme tan pálida. «¿Y tú?». Me habría gustado preguntarle en ese momento, pero no me atreví. Después de ver aquella foto empezaba a atar los cabos sueltos: Carlos había vuelto a España para alejarse de aquella mujer, seguramente su pareja. Por eso parecía que la desgana lo hubiese poseído. No era tuberculosis lo que tenía, tan solo el corazón roto.

 

—Sí, por supuesto —contesté obligándome a volver a aquella habitación donde dibujábamos sin apenas mediar palabra.

Carlos no pareció muy convencido, y por eso no siguió mis pasos. De repente, y cuando ya me había sentado en mi taburete, preguntó al aire:

—¿Te apetece salir a comer algo? Podemos continuar después —la verdad es que necesitaba ese descanso, así que acepté con la condición de que yo le invitaría en esta ocasión.

Fue entonces cuando Carlos decidió abrirse. Me habló de su estancia en el extranjero, de sus inicios allí y de lo mal que lo pasó porque se sentía un verdadero pringao trabajando con tanta gente grande del mundo del cómic. Con un par de vasos de vermut y una tapa de paella, se bajó él solito del pódium en el que le había subido antes de conocerlo. No porque hiciese algo malo, sino porque era pura modestia. Hablamos sobre nuestras expectativas, los futuros proyectos y de nuestra infancia leyendo tebeos de Mortadelo y Filemón. En definitiva, terminé totalmente enganchada de ese tipo que para nada se le había subido a la cabeza todo lo que había conseguido.

De vuelta a su estudio, contagiada por el aire distendido que nos invadía a ambos, me atreví a sugerir algunos cambios en la historia. Expliqué mi parecer mientras Carlos me miraba muy atento, esbozando en su mesa algunas escenas que le darían ese aire diferente que pretendíamos darle.

—¡Joder, es fantástico! ¿Y por qué no has dicho nada hasta ahora? —preguntó alucinado mientras a mí me temblaban las piernas de lo emocionada que me sentía por verlo así.

—Porque pensé que era una estupidez de idea, tú eres aquí el maestro —respondí con un tímido hilo de voz.

—Aquí no hay aprendices ni maestros, Gloria. Esto es arte, y si tienes una idea, por muy loca que te parezca, lo mejor que puedes hacer es compartirla con los demás porque seguro que de ella aprendemos algo.

Asumí mi parte de culpa, y empezamos a cambiar todo el esquema de la historia. Carlos se entusiasmó tanto que no quiso que me fuera hasta que terminásemos con aquello, así que pedimos una pizza para cenar y dejamos que las agujas del reloj siguieran dando vueltas hasta la madrugada.

—Tengo que hacer una llamada. Llevo todo el día fuera y alguien le tiene que dar de comer a mi gato.

—¡Claro! Lo siento mucho, haberlo dicho antes —respondió sincero. Me encantaba cuando se le veía tan culpable por algo así, era un tipo realmente sensible.

Hablé con mi compañera de piso que no tardó en hacer bromas para saber con quién estaba y cuál sería el motivo real de mi retraso. Carlos, que estaba sentado a mi lado garabateando, pudo escuchar a la perfección aquella conversación que quise cortar de inmediato.

—Perdona, mi compañera es una opositora sin vida social y está loca porque me salga novio para que le cuente cosas interesantes —dije un poco avergonzada después de colgar.

—¿No tienes novio? —preguntó Carlos con una media sonrisa después de escuchar las barbaridades que había dicho mi amiga por teléfono.

—No —murmuré.

Fueron solo unos par de segundos, pero fue tiempo más que suficiente como para tener que apartarme de él acalorada. Con la excusa de tener que guardar de nuevo el móvil en mi bolso, me levanté de su mesa donde estábamos dibujando. Estaba segura de que en ese momento podría leer en mi cara lo que estaba empezando a sentir por él, y no me apetecía nada en absoluto ser tan transparente.

Terminamos a las dos de la mañana. Escaneamos los bocetos y pasamos por escáner nuestra nueva historia a su guionista para que se fuera haciendo una idea de lo que nos traíamos entre manos.

—Se va a volver loco en cuanto lo vea, ¡ya lo verás! Seguro que le encanta —Carlos conducía emocionado mientras hablaba de su inseparable guionista. Antes de que él empezase a ser un nombre conocido en el mundo del cómic, ellos ya trabajaban juntos.

De nuevo esa barba descuidada, esa melena que no dejaba de estorbarle cuando dibujaba (llegando incluso a hacerse un moño que le quedaba espléndido) y el rostro somnoliento pero exultante de felicidad, le daban al conjunto un aspecto de seductor ocasional. No había dejado de hablar desde que empezamos con la nueva historia, y que se emocionase tanto con mi idea, me animaba aún más. Sus ojos y su cuerpo vibraban frente a mí, y hasta podía entrever cierta admiración, como si la decisión de dibujar conmigo hubiese sido un pálpito que por fin había dado sus frutos. Yo asentía nerviosa mientras seguía mirándolo en éxtasis, que hubiese conseguido encender esa mecha de creatividad en él era mejor que cualquier premio.

—Esta es mi casa —dije señalando el portal donde vivía. Carlos estacionó su coche en doble fila. Hacía mucho frío, no había nadie en la calle, y no me apetecía nada salir de allí. Ni siquiera hice el ademán de abrir la puerta, me quedé mirando al frente sin saber muy bien por qué.

—Bueno, descansa. Mañana quiero que sigas teniendo tantas buenas ideas como la de esta noche, o incluso mejores —la voz de Carlos me estrelló de lleno frente a mi patética realidad. Por un momento pensé que…

—Sí, claro —respondí con tristeza. En mi cabeza nuestra despedida era mucho más caliente y húmeda.

Permanecí un segundo más en aquel coche, mirando al frente y sintiendo vergüenza de mí misma por haber fantaseado con la idea de enrollarme con Carlos Fuentes por el mero hecho de haber mejorado su historia.

—Oye, Gloria —de repente el tono de Carlos cambió por completo, lo que me hizo girar mi rostro hacia él—. Yo, en fin… creo que no soy la persona más adecuada para decirte esto, pero seguro que hay alguien estupendo esperándote.

Los ojos de Carlos se iluminaron con los faros de un coche que pasó en sentido contrario. Después de escuchar aquella frase me sentí como si me hubiesen abierto en canal, y lo peor de todo es que él ni siquiera era consciente del daño que me estaba haciendo, supongo que solo había advertido cierta tristeza en mi voz al decir que estaba sola y pensó que aquel era un buen momento para darme ánimos. Así que, reprimiendo unas ganas inmensas de llorar, respondí con amargura:

—¡Claro! Estoy segura de ello. —Y salí de su coche lo más rápido que pude.

 

 

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