UNA HISTORIA A TRAZOS, PARTE II

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Capítulo 2:

…Me desperté soñando que estaba a tu lado

Y me quedé pensando: ¿qué tienen esas manos?

Sé que no es el momento para que pase algo, yo quiero volverte a ver…

 

La canción del Canto del loco se repetía en bucle. Se había convertido en un himno para mí. Expresaba en muy pocas palabras cómo me sentía, definía con exactitud mi estado de ánimo, y por eso no hacía más que cantarla a voz en grito cuando Carlos se tenía que ir del estudio y me dejaba allí dibujando para que al menos uno de los dos avanzase en el trabajo. Algo que, por desgracia, se repetía demasiado.

Mi situación en esta historia era un poco hilarante. Tener que verlo todos los santos días, hasta en mis sueños, y no poder decirle (ni siquiera insinuarle) lo que sentía, era horrible. Porque ya no era capaz de dejarme muda, como me pasó hace tres años en el Comic Con, pero veía claramente que Carlos seguía muy dolido por la ruptura con aquella chica de la foto. Además, tenía a su madre enferma, lo que hacía de ese el momento menos propicio para pensar en iniciar una relación con nadie. Ni tan siquiera una noche loca desenfrenada, aunque no lo veía de esa clase de chicos, como tampoco yo era de esa clase de chicas.

Suspiré cuando terminó la canción y volví a pensar en él. Se me había metido muy dentro en poco tiempo, quizá porque ya lo admiraba y fue fácil convertir aquel sentimiento en algo más. Me parecía sumamente atractivo sin pretenderlo en absoluto. Por ese gesto, ese guiño o esa risa floja cuando acababa de decir una estupidez. Como si un atisbo de timidez infantil se arrepintiera por haberla dicho delante de mí. En esos momentos resultaba tan mono sin pretenderlo, que me tenía que morder el labio para no abalanzarme sobre él y agarrarme a su cuerpo como un koala. Era absurdo, debía olvidarme de esas tonterías si quería seguía trabajando a su lado. Pero cada vez estaba más pendiente de sus movimientos, el solo hecho de entrar en su casa y que me ofreciese un café de su Nespresso era lacerante, por no hablar de cuando se tocaba su precioso pelo cuando estaba pensando.

Así fue como aprendí que, si, por ejemplo, repiqueteaba el lápiz en la mesa de manera insistente, era porque algo no estaba saliendo como a él le gustaba (era extremadamente perfeccionista). O que de la misma forma que podíamos estar concentrados más de dos horas en nuestros dibujos sin decir ni una sola palabra, tan solo escuchando su lenta respiración (una verdadera tortura para mí), también podíamos pasar media mañana con solo un par de cañas y unas patatas fritas convirtiendo ese descanso en nuestra comida. Con Carlos se podía hablar de todo. No solo tenía miles de anécdotas de su experiencia en el extranjero, también sentía curiosidad por aquello que desconocía y mostraba verdadero interés en escuchar cuanto tuviese que decir. Sus ojos se abrían, sus pupilas se dilataban, y por un segundo dudaba hasta de mis piernas o mi voz para seguir con aquellas larguísimas conversaciones que manteníamos como si nada.

Por eso necesitaba cantar esa canción. Porque me estaba enamorando de él y sabía que, como decía la letra: no era el momento para que pasase algo. No había que ser un experto en psicología ni estudiar ningún máster para identificar la fragilidad de Carlos en todos sus movimientos. Aunque nunca hubiésemos hablado de ello, a veces miraba a aquella superheroína con nostalgia. No entendía por qué había continuado con esa figura que recordaba tanto a la chica de la foto en San Francisco. Si habían roto su relación, dibujarla todo el día con unas tetas impresionantes no era la mejor manera de olvidarla, desde luego.

Me giré y en ese instante me di cuenta que ya no estaba tan sola como había pensado en un principio. Frente a mí, en la puerta del estudio, no solo estaba Carlos mirándome entre atónito y divertido. También su inseparable guionista, que me miraba con los ojos entrecerrados.

Decidí pasar por una loca fan de Dani Martin, que utiliza sus canciones como elemento motivador en momentos de pereza mental. Sin embargo, aunque aquella tonta excusa fue plausible para Carlos, algo me dijo que Mateo, su guionista, no se había tragado nada de lo que había dicho. Respondió algo escueto, como que él era más de: “Mi mundo sin ti”, de Soraya Arnelas, sin apartar la vista de mí mientras lo decía, siendo aquella una actitud bastante sospechosa.

Joder.

No sé cómo, pero lo supo. Esa misma tarde, mientras discutían sobre cómo terminaría por fin nuestro capítulo para poder darle continuidad a la siguiente pareja de ilustradores, me sentí amenazada por haber revelado (de alguna manera todavía incomprensible) mis sentimientos a aquel tipo que no me conocía de nada.

¿Cómo era posible?

Para que aquella idea no hiciese mella en mí y pudiese continuar trabajando, decidí no darle más importancia. Seguro que todo eran imaginaciones mías. Por muy buen guionista que fuese, no era un adivino, y lo cierto es que no había hecho otra cosa más que cantar como una energúmena. Eso no podía demostrar nada en absoluto, tan solo ratificar el hecho de que estaba un poco loca. Pero una ilustradora, ¿qué esperaban?

Terminé de colorear la escena y ellos seguían allí. Así que recogí mis bártulos, y ya me iba a marchar, cuando de repente Mateo pareció querer acompañarme a la puerta para despedirse de mí. Algo muy extraño, porque acababa de conocerlo hacía tan solo unas horas. Entonces aprovechó para decirme algo que yo no esperaba:

—A veces ese momento llega cuando menos te lo esperas, Gloria. Solo hay que tener paciencia.

Lo último que vi, antes de que cerrarse la puerta, fue el guiño de su ojo avivando mi esperanza. A mí no me importaba esperar, pero aquel proyecto estaba tocando a su fin y pronto ya no habría ninguna posibilidad de seguir viéndolo a diario.

¿Qué iba a hacer entonces?

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