Napeague

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Cuando le dije a mi novio que iba a trabajar en una tienda de suvenires en Napeague, donde el último censo poblacional era de 225 habitantes, se echó a reír en mi cara. Pensaba que era una broma. Como aquel día que le dije que hacía más de un mes que no me había venido el período, aunque eso no le hizo ninguna gracia. Claro. Y no es que Harry no quiera ser padre, pero ambos sabemos que no estamos pasando por el mejor momento de nuestras vidas.

Más gracioso fue cuando, a las dos semanas de haber comenzado en aquel sitio, le dije que tendría una compañera. Entonces nos reímos como idiotas. Al parecer esperaban a muchos turistas para este próximo verano, aunque todavía no había visto a ninguno. Harry entonces insinuó que aquel negocio era una tapadera para blanquear dinero.

—Piénsalo bien. Solo vendes revistas y refrescos por casualidad y apenas haces veinte dólares de caja al día. ¿Qué clase de negocio es ese?

—¡Mierda! Ahora voy a empezar a pensar que tienes razón —le contesté malhumorada por despertar mis sospechas.

—Es que yo siempre tengo razón, cariño.

Se metió en la cama y me retuvo cinco minutos entre sus brazos. Odiaba que se hiciera el arrogante conmigo, pero me volvía loca cuando tenía esos gestos. De los dos, Harry era con diferencia el más cariñoso, y eso me encantaba.

El enfado duró muy poco. Para mí ya era hora de ir a trabajar y él, en cambio, estaba muerto de cansancio después de una dura jornada. Nuestros horarios eran incompatibles, y de nuevo no merecía la pena pelearse los únicos cinco minutos que podíamos compartir al día.

Días después llegó Sandra, mi esperada compañera. Sandra había aparecido en el pueblo de repente con un pasado misterioso del que apenas quería hablar, como en aquella novela de Nicholas Sparks. Incluso el chico que nos dejaba los periódicos todas las mañanas pareció quedarse embobado al verla por primera vez, como también sucedía en la película.

—Le has gustado —le dije cuando se fue, después de haber tropezado dos veces con la misma caja.

—¿A ese? No lo creo… —negó con la cabeza, aunque también dibujó una sonrisa cómplice en sus labios.

La verdad es que era una chica muy guapa. Pero lo que más destacaría de Sandra es que sabía escuchar. O, al menos, eso quería creer, porque era lo único que podía hacer mientras yo hablaba. Fue así como supo pronto de todos mis problemas. De Harry y su horrible trabajo en el turno de noche, de las ganas que teníamos de casarnos, o de todos los estúpidos empleos en los que habíamos estado antes de conocernos.

—Sabes, a veces echo de menos esa sensación —le dije a Harry semanas más tarde mientras lo miraba salir de la ducha. Estaba maquillándome, o intentado hacerlo, antes de que él empañase el espejo del cuarto de baño.

—¿Qué es lo que echas de menos? —preguntó con curiosidad mientras se enrollaba una toalla a la cintura.

A veces me quedaba observándolo mientras hacía cosas así, y cuando él me pillaba, no podía más que sonreír. Por eso se acercó para apoyar su barbilla en mi hombro mientras me abrazaba por detrás, humedeciéndome el uniforme sin remedio.

—Pues ese hormigueo —comencé a decir sabiendo que ya no me dejaría marchar después de confesar algo así—, esas ganas locas de ver a alguien aunque solo sea cinco minutos. De empezar una relación y que todo sea nuevo para ambos. Esa ilusión que te hace estar contento todo el día, con mariposas que revolotean en tu estómago cuando piensas en la otra persona.

—¿Quieres decir que ya no sientes eso por mí? —bromeó tras besarme, aunque yo continué explicándole mientras me miraba con atención.

—Sandra y el chico ese de las revistas siguen tonteando.

—David, ¿no? —añadió sutil para que supiera que me seguía.

—Sí, David. Ninguno de los dos se atreve a decir nada, pero yo que los veo todos los días, me doy cuenta. Se gustan, y no sé por qué ninguno invita al otro a tomar algo, porque tienen ese brillo en los ojos cuando el otro aparece, que es evidente que lo están deseando.

Harry me estaba viendo gracias a ese espejo que daba una imagen difuminada de los dos. Entonces besó mi cuello con extremada lentitud, y después de aspirar el olor de mi perfume, respondió tras pensar muy bien su respuesta:

—A veces no basta con enamorarse de alguien, también tiene que ser el momento adecuado para ambos.

Me sorprendió tanto que mi novio me dijera algo así, que me giré sobre mí misma para poder mirarlo a los ojos:

—¿Estás bien? —me tembló la voz al preguntar algo así, no lo pude evitar. Llevábamos un año horrible, y apenas nos veíamos, pero pensaba que estábamos más unidos que nunca precisamente por eso. De hecho, yo le contaba esa historia de mi nueva compañera con aquel chico porque él siempre me preguntaba sobre ella, como si fuera una serie de la televisión que solo yo pudiera ver y el disfrutase escuchándola.

Entonces Harry sonrió. Fue una de sus estupendas sonrisas donde apenas enseñaba su dentadura perfecta y miraba un poco hacia arriba, como si fuera un niño que acabara de hacer algo malo. Con esa pizca de chulería me demostraba que no tenía nada que temer. Que seguía ahí, conmigo.

—Estaría mejor si llegases cinco minutos tarde al trabajo… —sugirió con picardía.

Aquel día llegué tres cuartos de hora tarde. No me preguntéis cómo, pero terminé empapada después de que Harry tuviese la feliz idea de meterse de nuevo en la ducha conmigo. Y como era el único uniforme que tenía limpio, tuve que esperar a que terminase el ciclo rápido de la secadora para poder irme al trabajo en condiciones.

—¡Lo siento! No me mates, por favor —supliqué a Sandra al verla esperándome en las escaleras, pues yo era la única que tenía las llaves de la tienda.

—No pasa nada, he estado entretenida. Hace nada que se ha ido David —dijo señalando el bloque de prensa apelmazada con una brida que había justo a su lado—. Me ha invitado a salir esta noche.

Dijo tras dejar una larga pausa después de ayudarme a levantar la persiana.

—¡Por fin! —Exclamé alegrándome realmente por los dos—. Si os va bien, podríamos quedar todos juntos. ¡Ah, perdona! Lo había olvidado. Mi novio trabaja todas las putas noches del año —aclaré con inquina.

—Bueno, tampoco te pongas así. Después de todo, no se os ve nada mal —soltó después de una risilla traviesa.

—¿A qué viene esa risa?

—Tu cuello.

—¿Qué le pasa a mi cuello?

—Pues que tienes un chupetón. La próxima vez dile a Harry que sea más discreto y que te lo haga, no sé, en el brazo. ¡O en el culo! Allí seguro que no va a mirar nadie más que él.

—¡Joder! —grité desde el cuarto de baño mientras oía a Sandra muerta de la risa.

Esa noche no pude dormir bien. Ya iba a terminar el verano y estaba claro que aquella tienda de suvenires, tapadera o no, cerraría cuando se fuesen los despistados bañistas que se perdían en una de las pocas playas de Nueva York. Pronto tendría que volver a buscar otro lugar donde trabajar y estaba harta de ir dando tumbos como un oso polar en pleno deshielo. Así nunca conseguiríamos la estabilidad que necesitábamos.

—Te quiero, preciosa —susurró Harry exhausto cuando entró en la cama, justo a tiempo para apagar mi despertador.

Aquella mañana no llegué ni un segundo tarde, y quizá por eso me encontré a David comiéndose literalmente a mi compañera junto a la puerta de la tienda. Sandra me vio por el rabillo del ojo saludarle con descaro, y de inmediato se apartó de él avergonzada.

—Ya que estás aquí, David. Ayúdame a levantar la persiana —ordené al chico que, rojo como un tomate, fue veloz a ayudarme.

Estaba feliz por mi amiga. Parecía un buen chico, y desde que empezó a salir con él, Sandra dejó su mutismo a un lado. Se abrió como la chica simpática que era, y ya no era la única que hablaba en aquella tienda.

Pero pasó el verano y volví a quedarme sola. Al menos, me dije, no cerraron como yo había previsto. (¿Sería realmente una tapadera?). Una tarde, casi a punto de marcharme, oí a un chico preguntar a mi espalda mientras yo llenaba la nevera de refrescos:

—Perdona, ¿tenéis estatuas de la libertad? —me giré desconcertada. Primero, la tienda estaba llena de estatuas, y segundo, su voz era muy familiar.

—¿Qué haces aquí? —al ver a Harry allí me imaginé lo peor. ¿Lo habrían despedido?

—Acabo de terminar mi jornada, justo a tiempo para recogerte y celebrarlo.

—¿Pero qué estás diciendo? —pregunté atónita.

—Cariño, me han ascendido. Por fin tengo un sueldo como Dios manda y podremos vernos hasta que te hartes de mí.

 

 

 

 

 

 

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